El sanador herido
Shiva Ryu, autor que comencé a leer a mediados de 2025, merece una mención especial antes de continuar compartiendo tips de mejora.
“Los pájaros no miran atrás mientras vuelan” es uno de los mejores libros de reflexiones sobre la vida. Son pocos los puntos en los que no coincido al 100 %, pero hubo un capítulo con el que me identifiqué profundamente: “El sanador herido: Solo quien conoce el dolor puede comprender los sentimientos ajenos.”
En la página 135, Ryu afirma: “Los verdaderos sanadores son personas que pueden ayudar al resto porque se han curado de sus heridas.”
Al leerlo, comprendí la importancia de poner en práctica lo aprendido sobre soltar los miedos, también en lo que implica exponer mi historia para ayudar a sanar a otros. Quizá esta sea una de las respuestas —porque hay muchas— a esa gran pregunta que surge cuando la vida nos sacude: ¿para qué me sucedió esto? Una posible respuesta es: para ayudar en el proceso de sanación de otros.
En la página 138 encontré frases que me motivaron a tomar la decisión de contar mi historia:
“Cada vez que la vida nos ponga ante una dura prueba, debemos preguntarnos qué podemos hacer para curarnos, y no solo para curarnos a nosotros mismos, sino también a nuestro entorno. Porque el poder de autosanación del ser humano puede tener este efecto: nos permite superar la tristeza y recuperar nuestro equilibrio interior y, una vez que nuestra alma se reequilibra, nos ayuda a crear un entorno próspero.”
El párrafo que más impacto tuvo en mi: “Saber vivir no consiste en evitar la infelicidad, sino en hacer lo posible para que, cuando lleguen las condiciones desfavorables, seamos capaces de plantar semillas sanas. Se trata de confiar en la fuente de la vida.”
Y una conclusión que me marcó: “Podemos sanar nuestras heridas y superar nuestros problemas haciendo algo por los demás y por el mundo. Cuanto mejor conozcamos nuestro propio dolor, mejor podemos curar a los demás.”
Shiva Ryu cierra el capítulo con una enseñanza poderosa: “Curemos a los demás… sanémoslos… tanto el ataque como la sanación son fenómenos de resonancia: la energía que emitimos vuelve hacia nosotros en la misma forma en que partió.”
Soltar los miedos, el inicio de esta historia
Uno de los miedos que estoy aprendiendo a soltar para poder compartir mi conocimiento y contribuir a sanar a los demás es el miedo al juicio negativo y a la crítica no constructiva.
Claro que ha requerido mucho más que una lectura para lograrlo. El libro de Ryu fue solo el empujón final. Y aun así, confieso: escribo con miedo. Pero estoy convencida de querer inspirar y sanar, aunque sea a una sola persona. Inspirar a alguien es, para mí, un gran privilegio.
La historia que hoy me atrevo a contar es la de la pérdida de mi mamá a inicios de 2021, cuando yo tenía 36 años. Cinco meses después recibí el diagnóstico: cáncer de mama estadio IIIA, con metástasis en ganglios linfáticos, hormonosensible, HER2 negativo. Esta clasificación es importante porque define el tipo de tratamiento.
Fue el inicio de una serie de procesos que pusieron a prueba mi fortaleza física, mental y espiritual. Un año después también perdí mi trabajo, y con ello tambaleó mi estabilidad financiera. Todo esto ocurrió en un lapso de apenas 18 meses.
Al principio sentía miedo incluso de hablar de lo que pasaba. Ni siquiera se lo mencionaba a mi jefe para poder ir a estudios médicos; solo pedía permisos o vacaciones. Me invadía la vergüenza, como si mi enfermedad fuera un castigo por haber hecho algo malo, vergüenza porque la vida me estaba evidenciando frente a todo el mundo a través de grandes castigos por lo que sea que allá sido aquello que estuvo tan mal. Me sentía expuesta y vulnerable, con la idea equivocada de que los demás se burlarían o pensarían que merecía lo que me ocurría.
A ese miedo se sumaba el pánico a lo que venía: cirugías, dolor, cambios físicos, pérdida de partes de mi cuerpo, más una fuerte depresión el día que confirmaron el diagnóstico. Llegué a pensar que no tenía un lugar en este mundo, que mi vida había sido apenas un destello sin importancia.
También sentí frustración. Tenía un crecimiento profesional en auge, metas claras, proyectos, y todo se detuvo. Mi plan de crecer mi familia también quedó en pausa, sin saber si alguna vez sería posible. Incluso mi apariencia física, algo importante para mí, cambió. Hubo un momento en que pensé: “Todo por lo que he trabajado se perdió.”
Pero no era así, gracias a Dios conserve lo más importante. No se perdió el amor inmenso de mi esposo y de mi familia. Ellos estuvieron conmigo en cada decisión y proceso. Recuerdo que, al día siguiente de lo que llamo “el peor día de mi vida” —ese 5 de junio en que confirmaron el diagnóstico—, mi esposo me dijo: “Ayer fue el día de llorar, de quejarse, incluso de arremeter contra Dios… pero hoy es un nuevo día. Hoy empezamos a actuar, porque tú estarás bien y vamos a salir de esta situación victoriosos.”
Y así comenzó este camino de sanación física, mental y espiritual. Un camino de tratamientos fuertes, decisiones difíciles y cambios radicales… pero también un camino de conocimiento, crecimiento, amor y fortaleza.
Hoy sigo en tratamiento con tamoxifeno —el más llevadero de todos los que he cursado— y aún me queda un año y medio por recorrer. Sin embargo, estoy segura de que he sanado. No solo lo demuestran los estudios médicos, sino la paz que siento y los cambios que observo en mi entorno.
Esta sanación, reflejada en mi cuerpo y en mi energía, es fruto de un proceso alópata sólido, pero también de un trabajo profundo a nivel mental y espiritual. Por eso, a través de este blog, quiero compartir lo que me ha sostenido y lo que ha contribuido a pasar lo mejor posible el tratamiento y a mi sanación. Mi esperanza es llegar a los corazones de quienes más lo necesiten.
Con cariño, Lau




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