Todos, en algún momento de la vida, hemos vivido algo que escapa a la lógica.
Un ruido en la noche, una sombra que no tiene origen, una sensación que no puede explicarse.
Algunos lo llaman coincidencia, otros energía… y algunos, como yo, simplemente lo recordamos como un suceso que nos marcó para siempre.
Esta es mi historia.
Una experiencia real que viví una noche helada en Alemania, en un lugar que parece salido de las páginas de una novela gótica.
Hoy quiero compartirla, porque quizá —como yo— también has sentido que hay fuerzas que se mueven en silencio entre la luz y la oscuridad.
Fue una noche fría de marzo de 2013.
Recorríamos la Ruta Romántica de Alemania, ese trayecto que inicia cerca de Múnich y culmina en Frankfurt, salpicado de castillos, aldeas y leyendas. Después de dos días de viaje, llegamos finalmente a Rothenburg ob der Tauber, un pueblo medieval rodeado por una muralla perfecta, como si el tiempo se hubiera detenido ahí.

Entramos por una de sus puertas antiguas, altas, de piedra sólida. Apenas cruzamos el umbral, una vibra pesada se instaló en el ambiente. Era una sensación densa, casi eléctrica, como si algo invisible nos observara. El aire estaba helado, el suelo aún cubierto de restos de nieve, y un silencio extraño envolvía cada calle.
A un costado, un pequeño parque con un carrusel infantil parecía esperarnos. No había viento fuerte, y sin embargo las sillas giraban solas, impulsadas por algo más que el aire. Seguimos caminando. Pasamos frente a una iglesia gótica con gárgolas que parecían girar la cabeza cada vez que hablábamos.

El pueblo, aunque hermoso, estaba vacío. Ni un alma en las calles, salvo nosotros.
Entramos brevemente a un bar. Dentro, solo dos personas y el encargado, todos en un silencio que cortaba. Fue incómodo, pero decidimos continuar. Salimos por otra de las puertas medievales del extremo opuesto del pueblo, y frente a nosotros se extendía un puente antiguo sobre el río Tauber: el Tauberbrücke, también llamado Doppelbrücke.
El puente era imponente. Desde el primer momento me estremeció: algo en él me llamaba, como si tuviera vida. Había algo entre lo brillante y lo macabro, como una energía que vibraba. Yo quería cruzarlo. Mi esposo no estaba convencido:
—No me gusta la vibra, me dijo. Siento que hay algo raro ahí.
Pero yo insistí. Y justo antes de avanzar, decidimos tomar fotos.
Mi amigo tomó la primera. En su imagen se alcanzaba a ver, borroso, el paso de una figura que caminaba… pero no sobre el puente. El movimiento se extendía sobre el vacío, sobre el río. Era imposible. En mi fotografía, unos segundos después, esa figura ya estaba firme sobre el puente, esperándonos.

Era un hombre alto, de casi dos metros.
Vestía con una elegancia anticuada: un sombrero grande, un abrigo oscuro que parecía una capa, y un bastón. El rostro era borroso, pero la presencia… abrumadora. El tiempo se detuvo.
El aire se volvió más helado.
Sentí miedo, un miedo que no nace del susto, sino de lo ancestral.
El tipo de miedo que no se explica.
Dimos media vuelta y nos fuimos. No cruzamos el puente.
Pasaron los años, pero esa imagen nunca se borró.
En 2018, cuando leí Drácula: El Inicio de Dacre Stoker —el bisnieto de Bram Stoker— me encontré con una descripción que me hizo levantarme de la silla. El autor hablaba de Dracul, el ancestral, el verdadero origen del vampiro:
“Una figura alta, de porte aristocrático, cubierta por una capa negra, con un sombrero que oculta su mirada. Se mueve entre las sombras como si el mundo no lo notara, pero él lo observa todo.”
Sentí un escalofrío.
Era él. Era exactamente la figura que vi en el puente aquella noche.
Más adelante, el libro menciona que la supuesta tumba de Drácula se encontraría “en una ruta oculta que conecta varias ciudades antiguas del sur de Alemania”, una de ellas precisamente Rothenburg.
No señala el punto exacto, pero insinúa que por esa región el linaje oscuro de Vlad el Empalador encontró refugio.
Desde entonces estoy convencida: lo que vi no era un fantasma cualquiera.
Era él, o su eco, o algo que dejó su huella.
Una presencia que no pertenece del todo a este tiempo, pero que sigue caminando entre los muros y el río Tauber, esperando quizá ser recordado.
A veces pienso que hay almas que no descansan porque no se les teme… sino porque aún tienen algo que enseñar.
Y en mi caso, ese encuentro fue una revelación:
que incluso las sombras pueden ser maestras,
que el miedo puede convertirse en curiosidad,
y que la oscuridad, cuando la enfrentamos, deja de ser un enemigo.
Reflexión final
Quizá lo que vi aquella noche no fue una amenaza, sino un recordatorio.
Como escribe Stoker: “El verdadero horror no es la muerte, sino no vivir.”
Desde entonces, cada vez que algo me asusta —ya sea una pérdida, un cambio o una enfermedad— recuerdo esa noche en Rothenburg y repito: «El miedo también puede ser el puente hacia la transformación».
¿Cuál es tu historia que escapa a la lógica? Te leo en los comentarios.
Con cariño, Lau.



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