Hace poco escuché una frase en un documental que me atravesó por completo: “Las tradiciones nunca son estáticas, y nunca se parecen a lo que fueron antes.”
Y hoy, mientras adorno mi casa para esta temporada navideña y de Año Nuevo —porque para mí no son solo dos fechas, sino toda una temporada en el corazón— entendí que esa frase resume toda mi historia con la Navidad.
Porque sí, hoy la Navidad está hecha de elementos que vienen de distintos lugares y tiempos, mezclados, reinventados, transformados. Pero en el fondo, hoy apuntan a lo mismo: vida, esperanza, amor, reconocimiento, agradecimiento, camino, reinicio, protección y luz.
Desde el árbol de Navidad con sus luces brillantes que evocan el renacimiento del sol, hasta la figura de Papá Noel inspirada en el obispo San Nicolás de Bari, y, para mí, lo más importante: conmemorar el nacimiento de Jesús como ser humano en este mundo, un acto que representa la mayor promesa de paz y amor que hemos recibido.
Cuando la Navidad era magia pura
Recuerdo la Navidad desde que era muy pequeña, y hay una imagen que siempre vuelve a mí como si estuviera ocurriendo ahora.
Una noche, me quedé dormida en la cama de mis papás esperando a Santa. En mi mente infantil, iba a escucharlo, iba a verlo… pero me ganó el sueño.
En la madrugada —no sé si eran las dos, las tres o las cuatro— mi papá me despertó para contarme la historia más emocionante de mi vida.
Con emoción contenida me dijo que estaba a punto de dormir cuando escuchó que alguien intentaba entrar a la casa. Asustado, corrió por una escoba y salió a enfrentarlo… y se encontró con un hombre vestido de rojo intentando abrir la puerta.
Mi papá, sin dudarlo, empezó a golpearlo con la escoba mientras aquel hombre gritaba desesperado: “¡Soy Santa! ¡Soy Santa!”
Cuando mi papá escuchó eso, se detuvo, respiró y lo saludó. Platicaron un poco, y Santa le entregó un regalo enorme para mí: una gran caja envuelta en papel rosa con un moño gigante también en rosa claro hermoso.
Después de contarme la historia, mi papá me dio ese regalo: una muñeca preciosa que aún hoy recuerdo con una claridad que me conmueve.
Ese fue uno de esos momentos que marcan para siempre la forma en que miras la Navidad: como un espacio donde todo es posible.
Los silencios también enseñan
Pasaron algunos años en los que, por cambios espirituales y formas distintas de adorar a Dios, dejamos de celebrarla.
Pero aún así, en lo más profundo de mí, seguía viva esa chispa, esa alegría inexplicable que se enciende cuando ves luces en las casas, cuando escuchas a alguien decir “Feliz Navidad”, cuando la ciudad se llena de un brillo que no se parece a ningún otro mes.
Yo la miraba desde lejos. Me quedaba junto a la ventana observando, escuchando fiestas lejanas, los truenos de los fuegos artificiales… y aunque no celebrábamos, algo dentro de mí seguía vibrando cada diciembre.
Con el paso del tiempo entendí algo que me liberó: las tradiciones no se traicionan cuando se transforman, se adaptan, crecen contigo, se resignifican.
Y así fue como volví a dejarme llevar por lo que esta temporada despierta en mí.
La Navidad que construí al crecer
Volví primero desde lo sencillo: una cena con mi familia.
Después regresé al ritual de buscar un gran árbol de Navidad, de iluminarlo todo, de poner adornos con historia, de preparar ponche, de aprender a hacer galletas navideñas, y de disfrutar cómo, en cualquier parte del mundo, las personas se detienen un momento para sonreír, agradecer y abrazar.
Las oficinas se llenan de buenos deseos, las familias se reúnen, los amigos hacen espacio para verse, y hasta los desconocidos parecen un poco más amables.
Es como si, por un acuerdo silencioso, todos en la sociedad decidiéramos ser mejores por un instante.
La Navidad tiene ese don: nos invita a cerrar ciclos, a agradecer lo vivido, a reunir fuerzas para los nuevos comienzos y a caminar acompañados aunque no conozcamos a todos los que celebran con nosotros en el mundo.
Lo que permanece aunque todo cambie
Y sí, cada año celebramos distinto: con personas nuevas, con ausencias que duelen, con aprendizajes que se suman, con realidades que se transforman.
Pero lo que no cambia es el significado intrínseco, eso que nos hace vibrar alto y decir desde el fondo del corazón: si, ¡quiero celebrarlo!.
Ese impulso que sentimos en el corazón cuando vemos luces encenderse. Ese anhelo de estar bien, de estar en paz, de pertenecer. Esa sensación de que el mundo —por un breve momento— se vuelve cálido. Esa certeza de que algo sagrado nos toca, aun cuando no sepamos ponerlo en palabras.
Mi cierre, desde el corazón
Hoy, mientras cuelgo luces, ajusto esferas y enciendo velas, me doy cuenta de que cada adorno es un pequeño altar:
A lo que fui,
a lo que soy,
a lo que espero,
y a quienes amo —estén o no estén conmigo.
La Navidad me ha acompañado en tantas versiones de mí misma. Y aunque ha cambiado a lo largo de mi vida, hay algo que permanece intacto: esa emoción que aparece antes de que el calendario marque diciembre, esa luz que se enciende por dentro y ese deseo profundo de creer y agradecer.
Hoy, más que nunca, abrazo esa magia y la dejo entrar, la honro y doy gracias por cada persona que forma parte de mi historia.
Si tú estás leyendo esto, quizá también sientes algo especial en esta temporada.
Te invito a contármelo. A compartir tu versión de la Navidad y decirme qué te mueve, qué recuerdas, qué te ilumina.
Con Cariño, Lau



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