Hacerte cargo de tu vida no es castigo: es poder

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Reflexión inspirada en el módulo 5 del Seminario Fénix de Brian Tracy

Hoy quiero compartirte algo que aprendí en el módulo 5 del Seminario Fénix de Brian Tracy, “Cómo hacerte cargo de tu vida”. Aquí escuche una frase que me voló la cabeza: “Nunca te quejes y nunca explicarás; si no te gusta como están las cosas, tú eres quien debe cambiarlas, y si no estás dispuesto a tomar las decisiones para cambiarlas, entonces no te quejes, solo acéptalas”.

Te soy honesta: al principio me pareció durísima. Incluso empecé a sentir pesado esto de ser adulta y tomar responsabilidad. Pensé: ¿cómo que no quejarse? Muchas veces una sí necesita quejarse, porque hay cosas que de verdad no nos gustan, nos duelen o no podemos cambiar. Pero justo ahí entendí algo que para mí fue el corazón de este módulo: quizá no siempre podemos cambiar la situación, pero sí podemos cambiar cómo reaccionamos, la perspectiva desde la que la vemos y la respuesta que elegimos dar. Y eso cambia muchísimo el resultado.

Por eso, más que hablar de responsabilidad como una carga, hoy quiero hablar de ella como una herramienta de libertad. Porque cuando una deja de esperar que el mundo cambie primero y empieza a preguntarse “¿qué sí puedo hacer yo con esto?”, algo se acomoda por dentro. No necesariamente se vuelve fácil, pero sí se vuelve más claro.

La idea que lo sostiene todo: responsabilidad es la habilidad de responder

Una de las formas más interesantes de entender la responsabilidad es dividiendo esta misma palabra en 2: responsabilidad = response + habilidad. Es decir, la habilidad de responder. Y desde ahí todo cambia, porque ser responsable no significa cargar con todo sola, ni culparte por todo, ni tragarte el dolor como si no existiera.

Ser responsable significa decidir cómo responder ante lo que la vida pone enfrente. A veces la respuesta será actuar. A veces será poner límites. A veces será pedir ayuda. A veces será detenerte, descansar, buscar guía o reconocer que necesitas apoyo profesional, emocional o espiritual. Y también, muchas veces, será aceptar con humildad que hay cosas que no puedes controlar, pero sí puedes entregar a Dios y vivirlas de otra manera, decidir que no te lastimen.

Eso me pareció profundamente liberador: la responsabilidad no es hacerlo todo sola; es elegir una respuesta más consciente, más madura y más honesta frente a la vida.

De la infancia a la madurez

Durante la infancia, otros responden por nosotras. Nuestros padres, maestros o cuidadores toman decisiones, resuelven problemas y sostienen gran parte de la vida. Eso es natural. El problema empieza cuando crecemos y, sin darnos cuenta, seguimos esperando que alguien más venga a acomodarnos el camino, a motivarnos, a rescatarnos o a resolver lo que nos incomoda.

Madurar no significa endurecernos ni dejar de necesitar a los demás. Significa entender que llega un punto en el que ya no podemos vivir esperando que otros se hagan cargo de nuestra historia. Podemos recibir ayuda, consejo, amor y acompañamiento, sí; pero la dirección de nuestra vida ya no puede depender siempre de la iniciativa de alguien más.

El valle de las excusas y el famoso “conejo blanco”

Otro punto que me encantó fue la idea del “conejo blanco”. Brian Tracy cuenta una historia sobre una caja que contenía las respuestas a los misterios de la vida, pero solo podía encontrarse si se dejaba de pensar en un gran conejo blanco. Nadie pudo hacerlo, nunca encontraron la respuesta a todos los problemas de la vida porque no dejaron de pensar en ese gran conejo blanco. Y así nos pasa a muchas personas: queremos avanzar, cambiar, sanar, atrevernos… pero siempre aparece en nuestra mente ese «gran conejo blanco», esa idea automática, o excusa, que nos frena:

“Sí, pero no es el momento”. “Sí, pero aun me falta estar más preparado”. “Sí, pero no estoy lista”. “Sí, pero ya es tarde”. “Sí, pero con todo lo que me ha pasado…”. “Sí, pero hoy estoy cansada, hoy tengo que arreglar mi buro, mañana empiezo”. “Sí, pero ahorita la situación esta muy difícil». Esas frases parecen pequeñas, pero muchas veces son las que nos dejan viviendo años enteros en el valle de las excusas.

Por eso preguntémonos: ¿cuál es mi conejo blanco? ¿Cuál es la excusa que aparece cada vez que estoy a punto de moverme hacia algo mejor? Identificarla quizá no resuelva todo en automático, pero sí que empiezas a abrirte el camino.

La diferencia entre las personas que logran sacar su máximo potencial y quienes se quedan en el mismo lugar esta en como responden a los desafíos que se presentan.

La responsabilidad emocional y espiritual: hacer tu parte y soltar lo que no controlas

Creo que aquí está una de las distinciones más importantes: hacerse cargo de tu vida no significa convertirte en una isla. De hecho, parte de la madurez consiste en saber cuándo pedir ayuda y cuándo reconocer que sola no puedes con todo.

Pedir apoyo no te hace menos responsable; muchas veces te hace más responsable. Ir a terapia, hablar con alguien de confianza, pedir consejo, acudir con un médico, acercarte a un mentor o pedir oración también son formas de responder bien. Porque el problema no es necesitar ayuda; el problema es quedarte inmóvil esperando que todo cambie sin hacer tu parte.

Para mí, este tema también se conecta con Dios de una forma muy profunda. Decidir creer, orar y poner en Sus manos aquello que no podemos resolver no es evasión. También es responsabilidad. Es reconocer la verdad: hay cosas que sí me toca cambiar, pero hay otras que necesito soltar porque me rebasan.

Cuando una entiende esto, deja de pelearse con todo. Hace su parte con valentía, pero también descansa. Busca respuestas, pero también paz. Toma decisiones, pero también pide dirección. Y eso cambia mucho la manera de vivir los procesos difíciles.

Cómo se ve esto en la vida real

En lo financiero, la responsabilidad puede empezar con algo tan simple —y tan incómodo— como dejar de evitar los números y mirar de frente lo que está pasando. En lo profesional, puede verse como dejar de esperar a que alguien note tu valor y empezar a prepararte, proponer y moverte.

En lo emocional, ser responsable no es dejar de sentir; es decidir qué haces con lo que sientes. Es no convertir una herida en identidad. Es hablar, trabajar, llorar, perdonar, poner límites o pedir ayuda cuando hace falta.

Y en la salud, aunque no todo tiene un origen emocional, sí vale la pena preguntarnos qué estamos cargando por dentro. El estrés sostenido, la culpa, el resentimiento, el miedo o la desesperanza también pesan. Por eso a veces sanar no solo requiere atención médica, sino también sanar mental, emocional y espiritualmente. No desde la culpa, sino desde una visión más integral y amorosa de nosotras mismas.

Para cerrar

Entonces, si quiero que mi vida sea diferente, necesito aprender a responder diferente.

Hacerme cargo de mi vida no es castigarme ni exigirme perfección. Es dejar de vivir instalada en la queja, identificar mis excusas, pedir ayuda cuando la necesito, hacer mi parte con valentía y entregarle a Dios lo que no puedo resolver sola.

Siempre somos libres de escoger la calidad de nuestra vida emocional, podemos decidir como sentirnos, cual será nuestra actitud, lo que comemos o bebemos, y quizá ahí está lo más bonito de todo: cuando una empieza a responder distinto, por dentro también empieza a cambiar la historia.

Cuéntame, ¿en que situación te gustaría responder diferente?

Con cariño: Lau

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