Este fin de semana vivimos uno de esos momentos que quiebran el alma. De esos que llegan sin avisar, que te sientan en el borde de la vida y te obligan a enfrentar una verdad que ningún corazón está preparado para comprender.
El perrito de mi papá —Paqui— un pequeño con 11 años de travesuras, amor y compañía, tuvo un accidente. Se cayó mientras jugaba y se fracturó la columna, dañando la médula espinal. En cuestión de segundos dejó de caminar. Arrastraba sus patitas traseras sin entender lo que había pasado.
Fuimos de inmediato al hospital veterinario. Radiografías. Resonancia. Evaluación neurológica.
El diagnóstico fue contundente y devastador:
había una cirugía posible, pero no una recuperación garantizada.
Incluso con el tratamiento más agresivo, Paqui no saldría caminando; necesitaría cuidados totales por meses, sin poder hacer sus necesidades solo, sin poder moverse, sin entender por qué su cuerpo ya no respondía.
Y aun así —lo más duro— existía una alta probabilidad de que, después de tanto sufrimiento, no volviera a recuperarse.
La otra opción era evitarle un dolor inmenso que podía convertirse en una enfermedad terminal extremadamente dolorosa.
Y entonces llegó esa decisión que nadie desea tomar, que te rompe por completo: dejarlo ir para que no sufriera.
Mi papá —con el corazón hecho trizas— tuvo que decir que sí. Y aunque sabemos que fue lo correcto, también sabemos que fue lo más doloroso.
Paqui no fue solo un perrito: fue familia
Paqui llegó a casa “a prueba por una semana”.
Mi mamá lo vio… y fue suficiente.
Él se hizo parte de nuestra familia desde el primer día.
Al principio tenía miedo: temblaba, no se dejaba tocar.
Pero en cuanto cayó la noche, se transformó: amanecimos con su cama destrozada y su esencia traviesa repartida por toda la casa.
Desde ahí, comenzaron 11 años maravillosos.
Mi mamá fue su primera gran cómplice. Y luego, con el tiempo, se volvió la sombra inseparable de mi papá.

Cuando mi mamá falleció en 2021, Paqui se quedó con mi papá… y había algo en él que nos hacía sentir que un pedacito de ella seguía ahí. Un gesto, una costumbre, una mirada que reconocíamos.
Por eso todos dicen que fue “mi hermano adoptivo”.
Tuvo muchos nombres:
Bruno, Batman, Puh, Chaparro…
Pero Paqui fue el que eligió.
Recibía a mi papá con fiesta todas las tardes. Dormía cerca, lo cuidaba, lo buscaba. Era su compañía silenciosa, la que no pide nada y lo da todo.
¿Por qué duele tanto perder a una mascota?
El documental “Mascotas” explica algo muy profundo: los animales se vuelven parte de nuestra red emocional. Nos acompañan en silencios, en rutinas, en días buenos y días terribles. Son testigos de nuestra vida como pocos seres humanos llegan a serlo. No nos juzgan, solo nos aman.
Ellos no hablan, pero sienten todo:
nuestra presencia, nuestras ausencias, nuestros miedos, nuestro amor.
“Las mascotas no están en nuestras vidas para complicarlas, sino para suavizarlas.”
Cambiamos nuestra rutina por ellos:
los paseos, los horarios, las comidas, los cuidados, el espacio en la cama.
Y lo hacemos con gusto, porque ellos también nos cuidan a nosotros.
Por eso, cuando se van… no se va “una mascota”.
Se va una parte de nuestra historia.
Una etapa de la vida.
Un amor que no sabe esconderse.

El último acto de amor
Dormirlos nunca es un acto de rendición.
Es, muchas veces, el acto de amor más grande que se puede tener por ellos:
elegir su descanso sobre nuestro deseo de mantenerlos.
Mi papá lo hizo así:
desde el amor, desde la responsabilidad, desde el deseo profundo de evitarle dolor.
Pero la casa está distinta.
El silencio pesa.
Entrar y no verlo correr es un vacío que arde.
Y lo que más duele… es que uno nunca está listo.
Nunca.
Gracias, Paqui
Por tus once años de amor desbordado.
Por cuidarnos.
Por acompañar a mi mamá cuando estaba aquí, y a mi papá cuando ella ya no estaba.
Por enseñarnos que el amor más puro es simple, juguetón, ruidoso (muy ruidoso) y profundamente leal.
Hoy tu ausencia duele, pero tu vida nos llenó.
Y eso es lo que nos quedará para siempre.
“La huella más profunda no la dejan las patitas… sino el amor que nos enseñan.”
Corre libre, Paqui.
Gracias por todo lo que nos diste.
Con amor, Lau



Deja un comentario