EL CICLO DEL AMOR: NACER, PERDERSE, ENCONTRARSE — Reflexiones tras Frankenstein de Guillermo del Toro

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Cada ser humano, cada ser vivo, desde el momento de nacer, traemos una urgencia tatuada en los huesos: amar y ser amados. Es nuestra verdad más primitiva, y al mismo tiempo la más evolucionada, pero sobre todo es la más eterna. Antes incluso de abrir los ojos, necesitamos sentir que alguien nos sostiene en el mundo, que una mirada nos reconoce, que una voz nos nombra. Cuando esto nos es negado, algo en el alma comienza a torcerse… y si seguimos creciendo en ausencia del amor, esa necesidad se convierte en ira, en sombra, en un eco que retumba en el centro del pecho.

En nuestro instinto, no sabemos qué hacer con esa herida abierta, así que inmediatamente buscamos protección donde podemos: en el desprecio hacia otros, en la violencia, en cerrar el corazón. Pero ese escudo, ¿realmente llena el vacío? ¿O solo lo hace más profundo?

La película Frankenstein de Guillermo del Toro habla justo de esa herida ancestral. No del monstruo ni del creador, sino de cómo la ausencia de amor funda todas las tragedias humanas.

VÍCTOR FRANKENSTEIN: EL NIÑO ROTO TRATANDO DE DETENER LA MUERTE

Víctor es un hijo que amó demasiado a su madre. Ella era su sol, su refugio, su mundo. Cuando ella muere, él no pierde solo una figura materna: pierde su única certeza de amor. Su padre lo recibe con frialdad, con distancia, con ese tipo de desprecio que enseña a un niño que sentir es peligroso.

Así, Víctor aprende a sobrevivir usando máscaras: la del científico brillante, la del hombre imperturbable, la del hijo obediente, la del que nunca llora. Pero el dolor negado siempre busca salida… y en él se convirtió en obsesión por detener la muerte.

Quizá con sus experimentos no quería crear vida, sino retener el amor. Quizá buscaba a su madre en cada chispa eléctrica. O quizá —como tantos personajes góticos— quería trascender el límite humano para no volver a sufrir la herida de la pérdida.

ELIZABETH: LA MUJER QUE VE LO QUE OTROS NO VEN

Elizabeth parece amar a Víctor porque lo mira más allá de su dureza. Ella comprende su fragilidad, su miedo, su hambre de amor. Su mirada hace algo que muy pocos seres humanos logran: ver el alma antes que la forma.

Elizabeth tiene el don de ser capaz de ver la bondad y la verdad en el corazón de los demás, incluso cuando ellos mismos habían olvidado que la tenían.
Ella no ve monstruos, no ve errores, no ve cicatrices.
Ella mira con un tipo de luz que revela lo oculto.
Y en la Criatura descubre sensibilidad donde otros solo ven amenaza.

LA CRIATURA: EL NIÑO PURO QUE NACE BUSCANDO UN ABRAZO

Es el símbolo más poderoso de toda la obra: la inocencia con la que todos llegamos a la vida. Aunque su cuerpo sea un collage de muerte, su alma nace intacta: amorosa, curiosa, vulnerable, ansiosa de pertenecer.

Su primera palabra, y casi única: “Victor” confirma la teoría más hermosa del amor humano y que sigo resaltando en este post: todos nacemos preparados para amar y ser amados. Coincido profundamente con esa frase que Moulin Rouge inmortalizó y que atraviesa la película como una confesión universal: “Lo más grande que aprenderás jamás es simplemente amar y ser amado a cambio”.

Definitivamente así es: El amor transforma todo. El amor cruza fronteras, rompe maldiciones, revierte destinos. Te saca de la muerte para llevarte a la vida. El amor real —el que viene de tu pareja, de los padres, de los amigos, de las mascotas, de quien te mira como si fueras imposible de reemplazar— es la fuerza más grande del universo. El amor te salva, te alivia, te cura, lo digo con toda la certeza del mundo. Y vivir, aunque sea un instante para sentir ese gran amor hace que todo valga la pena.

En esta historia, lamentablemente vemos que Víctor, ya detrás de todas las máscaras que tenía y de esa coraza que pensaba que lo estaba protegiendo del sufrimiento, fue incapaz de ver esa pureza, quizá estaba aterrado de su propio reflejo, quizá era el miedo a lo desconocido, quizá toda la falta de amor que había visto en la guerra y en su propia familia, a la fragilidad propia, a enfrentar el dolor que nunca sanó… lo cegó. La Criatura era el espejo del niño abandonado que él había sido. Y enfrentarlo era demasiado.

ELIZABETH Y LA CRIATURA: CUANDO DOS ALMAS SE RECONOCEN

En los ojos de la Criatura, Elizabeth encuentra algo que en Víctor ya casi no existía: ternura, inocencia, humanidad en estado puro.

Ella se acerca con compasión. Él responde con amor. La ecuación más simple del mundo.

Mostrándonos con esto que el amor verdadero no nace del reconocimiento de su alma en el otro ser. La Criatura era capaz de vivir gratitud, lealtad, ternura… y reconoció el amor y también la ausencia de amor en los ojos de ella y de su mismo creador.

La criatura, entendió la necesidad de amar y ser amado sin que nadie se lo explicara, y por  eso pidió una compañera: para no estar solo, para compartir una existencia donde el rechazo no fuera la norma. “Seremos monstruos juntos”, dice… y esa frase habla de todos los seres humanos que cargan la ilusión de que solo quienes sufren igual pueden entenderlos.

LA IRA: EL SUSTITUTO TORPE DEL AMOR

“Si no vas a dejar que experimente el amor, entonces voy a entregarme a la ira.”

Esa frase es un lamento universal, y la causa más común de todos los sufrimientos humanos. Cuántos terminan eligiendo la furia porque el mundo les negó un abrazo. Cuántos creen que el enojo los protegerá. Pero la ira nunca llena: solo entumece un rato la herida.

LA DECLARACIÓN FINAL: EL ETERNO INSTANTE DEL AMOR

Elizabeth concluyo el ciclo de su vida diciendo a la criatura: “Mi lugar nunca estuvo en este mundo… buscaba algo más que no lograba encontrar, pero en ti al final lo encontré. Estar perdido y que te encuentren es el ciclo de la vida del amor, y en su brevedad, en su tragedia, se vuelve un momento eterno. Yo prefiero este final, desaparecer con tus ojos fijos sobre mí.”

Ella muere feliz, dichosa de haber encontrado el amor en esa mirada, en solo esos instantes, que se volvieron inmortales.

EL HILO ETERNO: LAS BESTIAS QUE SOLO QUERÍAN AMAR

Las historias góticas siempre han mostrado a las bestias como seres hambrientos… pero no de sangre: de pertenencia.

Drácula: Más allá del mito, toda su eternidad es una búsqueda por reencontrar a su amada. No teme a la muerte: teme a la eternidad sin cariño.

Carmilla: No busca víctimas, busca conexión. Su hambre es emocional. Su mordida es un intento torpe de retener el vínculo que teme perder.

En cada uno de ellos se esconde la misma verdad: no existe monstruo más terrible que un corazón al que se le negó el amor.

EL ECO FINAL

Frankenstein no es una historia de horror. Es una historia sobre lo que ocurre cuando un ser humano nunca recibe amor, y sobre la belleza inesperada que florece cuando alguien elige amar. El aprendizaje es único: el amor lo soluciona todo, amémonos, amemos, y dejemos que nos amen.

Todos nacemos como la Criatura: claros, sensibles, dispuestos. Lo que viene después… es la historia de cómo el mundo nos responde.

Con amor, Lau

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Una respuesta a “EL CICLO DEL AMOR: NACER, PERDERSE, ENCONTRARSE — Reflexiones tras Frankenstein de Guillermo del Toro”

  1. Avatar de
    Anónimo

    me encanto 👏👏👏