Diciembre siempre ha sido un mes muy alegre, lleno de tradiciones, comidas y fiestas para quienes crecimos en Latinoamérica. No importa dónde estés, diciembre es el mes de volver a casa, ver a la familia, cocinar lo de siempre, contar historias, reírnos con los amigos de toda la vida, escuchar música de fondo (que pueden ser villancicos, mariachis o canciones de Juan Gabriel, jajaja) y sentir que, aunque el año haya sido duro, la Navidad lo arregla un poquito todo, ya que te permite detenerte, desconectar y ponerte al día con tus familiares y amigos. Para muchos de nosotros, diciembre era sinónimo de pertenencia.
Pero cuando migras, diciembre cambia de color.

En un país como el Reino Unido, que si bien tiene muchas cosas buenas y grandes oportunidades de crecimiento, también es frío, oscuro y muy lejos de mi México. Y por eso diciembre puede sentirse como un recordatorio doloroso de todo lo que dejaste atrás. No porque uno no quiera adaptarse, porque siempre lo repetiré: «Migrar es de valientes», y en estas épocas es cuando la realidad pesa más que nunca. He aquí unos datos para que entremos en contexto:
🌍 Más del 85% de los latinos en Inglaterra tienen trabajo, pero más de la mitad están en empleos poco cualificados o mal pagados, así que esa historia de que estamos lejos construyendo una vida profesional envidiable, que nos está volviendo millonarios, está muy alejada de la realidad y de los sueños que tuvimos cuando hacíamos las maletas antes de partir. Y a esto se suma el aislamiento cultural y emocional, además de temas de salud que preocupan:
- 1 de cada 5 latinos no tiene médico de cabecera (GP).
- 6 de cada 10 nunca han podido ir al dentista en el Reino Unido (yo en mis 9+ años aquí, no he tenido acceso al dentista del NHS, sólo privado, pagando de mi bolsillo).
- Las amistades no surgen fácil en una sociedad que suele ser amable, sí, pero muy cerrada para dejar entrar a un “foraneo”.
Y así, diciembre, que antes era el mes de volver a casa y reconectar con los tuyos, se convierte para muchos en el mes de recordar que están lejos. Lejos de mamá, de la familia, de los amigos, lejos de las tradiciones que daban sentido al fin de año y del confort de tener una tribu que te ayudaba a hacer la Navidad especial para ti y los pequeños.

Pero ojo: la soledad no es sólo cosa de migrantes.
En el Reino Unido, el 11% de la población pasa la Navidad completamente sola porque, aunque tengan familia o amigos, y por más cercanos que sean, suelen vivir lejos: una hija en Leeds, otro en Bristol, algún amigo en Manchester, etc. Y en estas fechas, cada quien se guarda para su familia y sus propias tradiciones (bastante escasas, por cierto), además de que aquí no existe esa costumbre tan latina de “vente a mi casa, donde caben 2 caben 3” y de invitar de última hora a tomar algo si te encuentran en el super o si les mandas un mensajito para desearles la mejor de las navidades. Aquí las cenas navideñas tienden a ser más cortas, más discretas, menos cálidas… y rara vez incluyen a alguien que no sea familia directa.
Por eso, para tantos migrantes, diciembre deja de ser celebración y se convierte en nostalgia con fecha en el calendario donde se crea una mezcla extraña de orgullo por haber llegado tan lejos y de tristeza por todo lo que nos perdemos cada año. Y es que la vida sigue en tu país y para tu familiar, aunque tú no estés allí para ver los momentos desenvolverse.
Pero también hay algo hermoso en esta dualidad: los migrantes aprendemos a crear hogar donde no había, a inventar tradiciones nuevas, a encender velas para no olvidarnos de quiénes somos, a hacer videollamadas con sabor a tamales o romeritos, a juntar amigos que están igual de solos que nosotros y convertirlos en esa familia elegida fuera de nuestro país. Los migrantes, a diferencia de muchos otros, somos expertos en adaptarnos.
Pero aunque seamos expertos, la afinidad importa, porque puede pasar (como me pasó a mí) que invites a personas de una cultura tan distinta que el choque sea inevitable. Les cuento lo que me pasó a mí la Navidad pasada.
Invité a unos amigos de Europa del Este a la cena de Navidad; yo me imaginaba, como en México, todos preparando la comida (no necesariamente desde cero, pero sí calentando y emplatando lo que cada quien trajera), probando un poco de esto y del otro, plática profunda pero amena, y los niños «minding their own business». Pero no fue hasta el día de Navidad que me di cuenta de que nuestras tradiciones eran tan diferentes, que todo fue caótico o diferente a mi expectativa: la comida, lo que se bebe, el tipo de aperitivos, hasta el ritmo de la velada, TODO era diferente y ellos tenían muy claro que las cosas eran a su forma; no hubo entrada para compartir mis tradiciones, así que no nos entendimos en ese contexto.

Y aunque al día de hoy los quiero mucho y cuando los veo, los saludo con cariño y genuinamente me importan sus vidas y cómo están, creo que ambos aprendimos que no todos estamos hechos para compartir la misma mesa en Navidad y de verdad que no pasa nada. También eso es migrar: aprender qué sí y qué no hace hogar.
Pero también existen otros migrantes, sean latinos o no, incluso personas locales que busquen lo mismo que tú: calor, conversación, sobremesa, sabores familiares (aunque no lo sean), abrirse a nuevas costumbres, y son esas personas, con las que compartes los mismos valores y una forma de convivir que, aunque no compartan tu idioma o tus raíces, tal vez algún día puedas formar ese grupo que te hará recordar y vivir la Navidad tan emotiva y sentida como tú la quieras: aunque nunca se sienta como en tu propio país.
Y si ya formaste tu propia familia, entonces diciembre se convierte en una oportunidad preciosa:
crear tus propias tradiciones desde cero.
Dejar atrás las que nunca te gustaron (como las peleas por los terrenos del abuelo🤣🤣) y diseñar las que sí te hacen feliz.

En mi caso, cada año intento (con resultados… variables 😅) que pongamos el árbol todos juntos, con música navideña sonando en el Google Home y comiendo galletas recién horneadas mientras discutimos acerca de dónde van las esferas o qué lado del árbol ya está lo suficientemente adornado. Esa es la tradición que yo decidí empezar y que me gusta imaginar que algún día, mis hijos harán lo mismo con sus familias. Que, aunque se casen con personas de otras culturas -porque ya no vivimos en México y lo más probable es que así sea- puedan mezclar tradiciones, ajustar lo que haga falta y crear algo nuevo que también les haga sentir que están en su hogar, independientemente de la ubicación geográfica.
Porque diciembre, incluso lejos de casa, sigue siendo diciembre. Sigue siendo amor, memoria y pertenencia, solo que ahora, es un amor que se sostiene desde la distancia y se crea y transforma con cada vivencia nueva y con cada inyección de cultura que vivimos día a día mientras estamos lejos de casa. ¿Y tú… qué tradiciones dejaste atrás y por qué? ¿Cuáles creaste que te enorgullecen y te llenan el corazón? Te leo en los comentarios 😘
Love
Naddy
…keep shooting for the stars… 🌠
PS: Espero que les haya gustado las fotos, son pequeños pedacitos de lo que viví el pasado invierno por estas frías tierras.



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