Los parques de diversiones siempre me han parecido… extraños.
No solo por los juegos, sino por la pregunta que inevitablemente me surge cada vez que entro a uno: ¿qué hay detrás del éxito de un lugar que nos invita, conscientemente, a sentir miedo?
El viernes pasado fui a Six Flags México. Mi intención principal no era subirme a los juegos, sino algo mucho más suave: disfrutar la decoración navideña, el Christmas in the Park, las luces, la música, esa sensación cálida que adoro del mes de diciembre.
Y sí, realmente me encanto, la atmósfera, los espectáculos, la música en todo momento, la nieve en algunas zonas del parque, la estética que te envuelve y te hace sentir en una pausa bonita del año, pero sobre todo, lo que más adore fue la experiencia de hacer un sándwich en galleta con bombón caliente y chocolate, detenerte en la fogata con tu persona favorita y disfrutar de un postre super dulce es maravillosa.
Todas estas cosas hermosísimas, pero, como suele pasar en la vida, pues había un reto ahí oculto al que en realidad no quería enfrentar.
El miedo previo
El acuerdo era claro: intentar subirnos al Kilauea… ya que la última vez que habíamos ido nos ganó el miedo.
Pero, iniciamos con el superman, porque según esto, nosotros pensamos que era mas ligero. Pero el verdadero reto no empezó arriba, sino en la fila. Fue horrible, sí, pero no por el juego en sí, sino por cómo entré a él: Me tensé por completo, apreté los brazos, cerré los ojos, endurecí el cuerpo como si así pudiera protegerme.
Cuando el carrito se detuvo, me mareé. No fue una experiencia de disfrute, fue una experiencia de resistencia.
La Medusa terminó de confirmarlo.
El giro constante, la sensación de perder el control… salí de ahí convencida de que esto no era para mí.
Y durante unos minutos, lo creí de verdad, deseaba retirarme del parque y dejar a todos ahí.
Pausar también es valentía
Hicimos una pausa.
Vi el show navideño, tomé un Dramamine, respiré, me reconecté con algo más amable.
Y aquí quiero detenerme un momento: pausar no es rendirse, es detenerse a escuchar al cuerpo, regular el sistema nervioso y decidir desde un lugar más consciente, y sobre todo desde un lugar de amor y disfrute y no desde el miedo.
Algo muy parecido a lo que sucede con la respiración profunda o con la inmersión en hielo: no se trata de forzar, sino de aprender a estar.
El espejo inesperado
La pausa y el dramamine funcionaron tan bien que regresamos al Superman y mientras esperábamos de nuevo en la fila del Superman, vi a unos niños —no mayores de doce años— bajar del juego gritando de emoción, llenos de energía, riendo, pidiendo otra vuelta.
Y algo dentro de mí hizo clic.
Pensé:
“Yo quiero sentir eso.”
No quiero sentirme vieja, no quiero vivir desde el “ya no”.
Con razón tantas personas dicen que a los cuarenta ya no hacemos nada… si entramos a las experiencias con miedo, rigidez y resistencia, claro que dejamos de disfrutar.
Ahí decidí cambiar la narrativa.
Soy como ese niño, me dije. Y Beto me motivo y me dijo: sí eres como esos niños.
Y solté.
Y que diferente experiencia, me emocione, grite, me desestrese, termino el juego y quería gritar: Otra!!! Otra!!! Otra!!!
El cumplimiento del reto
Saliendo de ahí, ya no podía huir mas, era el momento de cumplir el reto principal: el Kilauea. Recuerdo estar formada ahí, ya casi llegando. Faltaban solo un par de personas para subir. En ese punto, cuando ves el juego elevarse frente a ti, cuando escuchas los gritos y observas cómo el vagón desaparece en el aire, el cuerpo reacciona sin pedir permiso.
Por un momento pensé, con absoluta claridad:
“No, yo no voy a hacer esto. Aquí me salgo de la fila y me voy.”
Es sorprendente cómo, en esos segundos, la mente se adelanta y construye un escenario mucho más aterrador de lo que realmente será la experiencia. El corazón se acelera, el estómago se contrae y empiezas a imaginar sensaciones que todavía no existen.
Ahí entendí algo importante: el miedo previo suele ser mucho más intenso que lo que realmente se siente al vivirlo, por que al terminar, realmente lo disfrute.
Cuando el cuerpo deja de pelear
Y fuimos una tercera vez:
Solté el cuerpo.
Abrí los ojos.
Grité.
Sentí la adrenalina recorrerme y, por primera vez, vi el bosque mientras el carrito pasaba a toda velocidad.
No fue “bonito” en el sentido tradicional. Tampoco se siente bonito meterse al hielo. Pero hay algo profundamente poderoso en esa sacudida breve que te recuerda que estás viva.
Y aquí entendí algo clave: no todo lo intenso tiene que ser cómodo para ser transformador.
Cuando nos enfrentamos a un miedo controlado y voluntario, como un juego mecánico, el cerebro libera adrenalina, noradrenalina y dopamina. Primero viene la alerta, luego el pico… y después, el alivio.
Diversos estudios en neurociencia muestran que el miedo anticipado suele ser más intenso que la experiencia real. Es decir: sufrimos más imaginando que viviendo.
Cuando el evento termina y seguimos a salvo, el cerebro registra algo muy importante:
“Pude con esto.”
Esa información se traduce en placer, confianza y una pequeña expansión interna. Tal vez por eso volvemos a formarnos. Tal vez por eso repetí el Superman… tres veces.
No es el juego, es lo que simboliza
Al final entendí que no se trata de amar los juegos mecánicos.
Se trata de entender por qué nos atraen.
Porque nos permiten sentir miedo sin peligro real, nos enseñan que el cuerpo puede atravesar la incomodidad, nos recuerdan que muchas veces lo que más nos paraliza no es el evento, sino la historia que nos contamos antes de vivirlo.
Salí de Six Flags con más preguntas que respuestas, y eso me pareció perfecto.
¿En cuántas situaciones de la vida me bajo antes de tiempo, no porque no pueda, sino porque entro rígida, tensa, anticipando lo peor?
¿En cuántas experiencias me pierdo la vista, el bosque, la emoción… por ir cerrando los ojos antes de empezar?
Tal vez no todo es para todos.
Pero la mayoría de veces, soltar el cuerpo, respirar y atreverte cambia por completo la experiencia.
Y quizá, solo quizá, de eso se trata crecer:
no de dejar de sentir miedo, sino de aprender a no vivir gobernados por él.
Cuéntame, ¿tú que sientes?
Con cariño, Lau.



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